Dime dónde estabas cuando la ansiedad me ahogaba, cuando cada
pensamiento provocaba arcadas y temblaba cada poro de mi piel, sin nadie que me
abrazara y me dijera: “Tranquila, todo irá bien”. Tú no estuviste allí, no
viste mi mitad triste ni mis despistes. No fuiste muro contra los embistes del
desprecio, del cansancio, del perjuicio.
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